lunes, 30 de septiembre de 2013
[Walter White]
Walter White era un hombre resignado. Un hombre con una vida mediocre, siempre a la sombra de los demás, lleno de inseguridades. Era marido, era padre, era profesor. Tenía una casa unifamiliar, un bonito coche, y una vida normal. Era, en definitiva, una víctima más de un sistema social que nos convierte en ovejas de un rebaño que ni siquiera tiene claro a dónde se dirige. Y no era feliz. Por encima de todo estaba eso. Walter White aparentemente lo tenía todo, pero no tenía nada. Transitaba por la vida dejándose llevar, lamentándose a veces de las decisiones tomadas, de haberse dejado arrastrar por la corriente. Pero la mayoría del tiempo estaba resignado. Tristemente resignado.
Y entonces, un día, a Walter White le detectaron un cáncer terrminal. De repente. Tenía tos. Fue al médico. Diagnóstico: cáncer de pulmón. Sin previo aviso, a bocajarro. Su vida, esa vida que había estado viviendo, estaba en su capítulo final. Y ahí, justo ahí, en ese último parágrafo de su historia, empezó a sentirse vivo. En su último año de existencia, el verdadero Walter White salió a la superficie. Se convirtió en el mejor cocinero de metanfetamina del mundo. Creó una droga azul única e irrepetible, con la que consiguió tener un imperio. Y lo hizo con el gran poder que le daba una inteligencia científica, una gran capacidad de análisis, una incansable perseverancia. Si, Walter White ya no era un pringado. Ahora respondía al nombre de Heisenberg, un hombre que se hacía respetar, un hombre al que temer, un hombre capaz de todo.
Un hombre vivo. Jodidamente vivo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario