Channel 4 (Dates, Utopia, Black Mirror) nos trajo este verano un drama en forma de miniserie de cuatro capítulos titulada Southcliffe, y que he estado viendo en estos días de fiesta.
Se trata de una serie alternativa, con una linea temporal llena de saltos y escasos diálogos, que tiene como objetivo plasmar la realidad (una durísima realidad) sin anestesia. Y es que en esta serie el ambiente es sobrecogedor, tanto por la fotografía (todo es gris, todo está envuelto en una niebla inamovible) como por los densos silencios, como por la historia en sí.
Southcliffe es un pueblo ficticio situado al norte de Inglaterra aparentemente normal. Uno de esos pueblos en los que todo el mundo se conoce y todos los días son iguales. Donde nadie se mete demasiado en los asuntos de los demás, aunque todos opinen sobre ellos. El ambiente sofocante que se vive en este lugar se hace patente en todos y cada uno de los personajes, que, a su manera, sufren el agobio propio de las pequeñas localidades.
La serie narra los devastadores efectos que tiene sobre los habitantes de este pueblo el repentino ataque de locura de uno de sus vecinos. Stephen Morton (Sean Harris) es un antiguo combatiente lleno de traumas que cuida a su madre, una anciana terminal. Quizás por una infancia infeliz, tal vez por los años de guerra, puede que por tener que vivir una vída mísera y sin motivaciones, o a lo mejor por las vejaciones que sufre por parte de otro veterano de guerra, un día Stephen se levanta por la mañana, carga un rifle, mata a su madre y deambula por Southcliffe matando a todo aquél que se cruce por su camino. Sin prisas. Dándose un paseo. No vemos sangre, apenas oímos gritos, solo el ruido de los disparos rompiendo el silencio de una mañana cualquiera en un pueblo cualquiera.
Después, somos testigos de las consecuencias de este acto. Vemos como se rompen familias, como algunos enloquecen, como otros intentan fingir normalidad antes de tirarse por un puente. Y todo ello tan de cerca, que una se siente una intrusa, como si no tuviera derecho a presenciarlo.
Southcliffe no es una serie fácil. Es lenta y sórdida, y no hay misterios que resolver ni objetivos a los que llegar. Nos expone al dolor y nos permite sentirlo sin pretensiones, y eso la hace única. Una de esas series imprescindibles para los amantes de los dramas de calidad y que no tengan como único objetivo pasarlo bien frente a sus pantallas. Porque eso es, con toda seguridad, lo último que van a conseguir.




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