jueves, 10 de octubre de 2013

El final de Breaking Bad


El día en que bajó el telón de Breaking Bad, estuve horas con una sonrisa tonta en los labios. La canción "Baby Blue" resonaba en mis oídos, destinada ya a convertirse en una de esas tonadas inolvidables. Venían a mi memoria escenas del pasado, momentos que quedaron grabados en mi retina, y que ahora cobraban más sentido si cabe. Me había despedido de Walter White y decirle adiós estaba siendo difícil.


 Y es que siempre lo es cuando los compañeros de viaje han sido tan especiales como los protagonistas de Breaking Bad. Tan bien construidos, tan coherentes, tan imperfectos. Tan cercanos. Y es que no siempre ha sido fácil quererlos, precisamente por dejar a la vista defectos que encontramos en nosotros mismos. Todos hemos mentido alguna vez, todos hemos guardado secretos, todos hemos hecho algo reprochable. Pero también hemos tenido motivos para ello, pues ningún acto es injustificado, por muy censurables que sean a veces.

Marie era una ladrona compulsiva. Y hablaba por los codos. Y metía las narices donde no debía. Pero todos sufrimos con ella cuando tuvo que aceptar que su marido estaba muerto.
Su marido. Un policía algo bruto, que siempre estaba dispuesto a reírse de algo o de alguien, rudo y, en ocasiones, muy desagradable. Pero que murió haciendo honor a su bondad, a su capacidad de sacrificio por las causas justas, a su lucha interminable contra el mal.
Un mal que también descubrimos en Skyler, la otrora esposa sufridora, que llegó a insinuarle (no, a exigirle) a su marido que matara a su antiguo compañero de tropelías.
Un compañero de tropelías llamado Jesse, un drogadicto ignorante, cazurro donde los haya, tristemente proclive equivocarse. Y que, sin embargo, poseía un gran corazón. Un corazón que sufría tras cada error, que sentía cada momento dolor infringido en otra persona,  que cumplía la amarga condena de la culpa con toda la entereza de la que era capaz.
Y, sobretodo, estaba Walt. Un pringao. Un profesor de química al que los alumnos tomaban el pelo. Un tipo que dejó pasar el tren del éxito renegando de la empresa que había ayudado a levantar y que podía haberle echo rico. Un don nadie con cáncer y sin dinero para pagarse el tratamiento. El mismo tío que un día empezó a cocinar metanfetamina para dejar dinero a su familia cuando muera. Una idea lamentable, si. Una mala idea, pero una idea, al fin y al cabo. Y es que Walt lo hizo con buena intención, pero se le fue de las manos. Pero que mucho. Tanto, que se llevó a muchas personas por delante, destrozó a su propia familia, y llenó las calles de medio mundo de una droga extremadamente adictiva. Lo dicho. Destruyó millones de vidas.

Y sin embargo, nosotros le quisimos. Le quisimos tanto como lo quisieron su mujer y su hijo antes de empezar a tenerle miedo. Tanto como le quiso Hank antes de morir por su culpa, o tanto como Marie, que creía en su bondad por encima de todo. Le quisimos porque, aunque se portó muy mal, le entendíamos. Sabíamos los motivos que le empujaron a hacer todo lo que hizo, a pesar de que muchas veces nos preguntábamos por qué no paraba de una maldita vez. Veíamos que se estaba equivocando, y sin embargo nos dejamos embriagar por su manera de ser, por la fuerza de sus palabras, por su poder. Todos sentimos una secreta alegría la primera vez que le escuchamos decir ese "say my name" cargado de intenciones. Todos recordamos en ese momento al pringado que intentaba que un montón de púberes hormonados sintieran por un instante la misma pasión que el sentía por la química. Y gritamos al unísono un "¡Heisenberg!" lleno, también, de intenciones. Distintas a las de Walt, sin duda, pero seguramente en muchos casos en la misma dirección. Todos quisimos verle seguir subiendo peldaños, nos encantó verle mirar a los ojos al mismísimo Gustavo y percibir un destello de temor en su mirada.

En cierto modo, fuimos cómplices de Walt, como lo fueron Saúl, Jesse, Skyler y tantos otros. Porqué le queríamos. Y nos gustaba verle feliz.

¿Me gustó el final de Breaking Bad? La respuesta es que ME ENCANTÓ Breaking Bad. De principio a fin. Lo disfruté. Lo viví. Y cuando acabó me sentí satisfecha. Walter White apareció un día en mi vida, en calzoncillos, y se fue con una sonrisa en los labios y con el convencimiento de haber echo algo con su vida. ¿Algo bueno? ¿Algo malo? Un poco de ambas cosas. Pero lo que está claro es que no murió entre la más absoluta indiferencia. Murió siendo odiado, pero lo más importante, murió siendo querido y comprendido. Y es que, como rezaba uno de los lemas más recordados de Lost "Todo pasa por una razón". Y lo cierto es que, nos gustaran o no, Walter White tenía sus razones. 

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